La noche del flecha roja (I)
Alguna vez oí que hay que entender el pasado para apreciar el presente. No recuerdo donde lo escuché ni de quién, sólo sé que alguna vez lo oí y se quedó grabado en mi cabeza, como un dogma que no se cumple ni se borra jamás. No importa su origen, sólo recuérdenlo para más adelante.
Aquella tarde no me sentía muy de ánimos para nada. La noche anterior había asistido a un concierto y regresado recién esta mañana. A mi vecino le pareció buena idea hacer la limpieza de su departamento desde muy temprano con música banda tipo «narco-corridos» a todo volumen cuando apenas estaba conciliando el sueño. Escuché alguna canción sobre un «levantón» hasta que el cansancio me venció. Desperté pasado las dos de la tarde impulsado por el hambre y con una jaqueca que anunciaba una espantosa resaca. Después de rodar por mi cama unos veinte minutos, revisar los mensajes del celular y darme una larga ducha caí en cuenta que no tenía nada que cocinar en mi nevera. Algunas latas de cerveza, un par de jitomates, algo de jalea y media hamburguesa con evidentes rasgos de llevar semanas allí eran su único contenido. ¿Para qué mentir? Era un fiasco para administrar esas cosas de la despensa y el hogar. Anteriormente aquello era labor de mi rommie, yo sólo le pasaba dinero y él se hacía cargo de ir al supermercado a comprar todo lo indispensable para sobrevivir. Era un gran sujeto, aunque con severos problemas con el abuso de las drogas, mismos que habían llevado a que le «anexaran» hace poco. Así que ahora debía resolvérmelas yo mismo con la comida y limpieza de un departamento demasiado grande para mí solo y en el cual casi nunca me encontraba.
Mi vida era buena, había alcanzado cosas importantes siendo muy joven y podría decirse que contaba con lo necesario para ser feliz. ¿Respecto a mi «estilo de vida»? Era bastante extraño/normal. En ocasiones me pasaba varios días seguidos sin salir, únicamente leyendo, estudiando o pintando. Algunas otras, salía diario a fiestas, museos o lugares de interés; seguido iba al parque a patinar con amigos, al cine, al teatro o a conciertos. Los casos más inusuales, simplemente me aburría, compraba algún vuelo, subía a un avión y salía de viaje. ¡Tal y como suena! Cuando se trataba de algún lugar cercano solía invitar a quien estuviese disponible y salir conduciendo. Gozaba de amistades en prácticamente todo el país de modo que siempre había a quién visitar y me recibiese de la mejor manera. Me había graduado hace un par de años y me ganaba la vida haciendo análisis estadístico y económico desde mi computadora para una organización no gubernamental. Trabajaba escasas cuatro o cinco horas a la semana, aunque ganaba lo suficiente para vivir cómodamente y disfrutar de mucho tiempo libre. Supuestamente el trabajo que recibía me debía tener bastante saturado sólo dominaba los números con una facilidad absurda que terminaba esas labores muy pronto y el resto era de ocio. Para mí era una vida de lo más normal, pero todos a mí alrededor argumentaban en que no del todo. Coincidíamos que en general era una persona muy solitaria. Pese a ser muy sociable y afable, degustaba demasiado de estar en soledad. Ya lo dije, mi vida era muy buena, pero me sentía ajeno a todo. Algunas noches subía a mi azotea y me quedaba horas mirando el cielo, esperando algo, no sabía qué.
Como no tenía ánimos de iniciar aquel día mi nueva costumbre de «realizar las compras» opté por ordenar una pizza y encender el televisor. No tardó en comenzar a llover. Tal cual colegiala emocionada sintonicé Gossip Girl. Después de algunos episodios, muchas rebanadas de pizza y mis últimas cervezas comencé a sentirme mucho mejor. De pronto, escuché a mi celular sonando arrumbado en un rincón. Antes de poder responder terminaron la llamada, era un número desconocido. Supuse que era alguno de esos operadores de portabilidad que te llaman para ofrecerte cambiar de compañía telefónica pero antes de arrojar nuevamente el celular al rincón recibí un mensaje:
«Diego, ¿puedes venir por mí? Estoy en flecha roja, no tengo batería ni como irme. ¡Por favor! Atte. Montse».
¡Joder!, no tenía idea de quién era. Se me ocurrían de menos cuatro personas con dicho nombre que pudiesen estar varadas en ese lugar un domingo por la tarde... y ninguna me motivaba a interrumpir mi ritual de pereza por irle a buscar, mucho menos al flecha roja. Se trataba de un billar/bar de mala reputación donde frecuentemente había operativos por ventas de alcohol a menores de edad.
«Estoy con Abigail y un par de extraños. Está algo tomada... pero no quiere irse».
Leí de pronto en un nuevo mensaje. Como un chispazo en mi cabeza me di cuenta de quien se trataba. Con el nombre de Abigail sí eran escasas las personas que conocía. Sólo se me ocurría una Montse que estuviese con una Abigail. Al instante le devolví la llamada.
—¿Hola? ¿Puedes oírme? —Me respondió la voz de una vieja amiga de quien hace mucho no sabía nada. Aunque se escuchaba mucho ruido y música de fondo podía distinguir claramente su voz quebradiza y apenada. Era claro que no se sentía cómoda de hablar conmigo; lo entendía perfectamente.
—Un poco. ¡Vaya, Montserrat! No pierdes la costumbre de sólo acordarte que existo cuando necesitas algo—. Le respondí un tanto en reclamo. —¿De qué se trata esta vez? Si tienes que lidiar con Abigail en estado de ebriedad seguramente terminarás en alguna patrulla detenida—. Eso último lo decía muy en serio.
—No es gracioso, tonto. ¿Puedes venir? Estoy en un baño público hablándote de un teléfono prestado. Unos sujetos llegaron a hablarnos e insisten en que vayamos a seguir la fiesta al departamento de uno de ellos. Y ya conoces a Abigail en esas situaciones... por favor. –Suplicó.
—Sabes que sí, enana. Estaré ahí en quince minutos. —Respondí a secas y no dije nada más. Ella sólo susurró un pequeño «gracias» antes de colgar. Aunque no me encontrará muy animoso, siempre trataba de ayudar a alguien que lo necesitase. Simplemente era mi forma de ser: hacer cosas por los demás si en mis manos estaba ayudarles, los conociera o fuesen extraños. Actuar así, muchas veces me traía conflictos. Presentía esta vez sería uno de esos casos.
Me levanté de inmediato con muchos pensamientos en la cabeza. Me vestí, tomé mi chaqueta, celular, las llaves de mi auto y salí con calma. Al salir a la calle giré sin prestar atención y choqué con un hombre que venía en sentido opuesto con bastante prisa dándome con su codo en la sien. Fue un golpe moderado pero lo suficiente fuerte para que mis llaves se cayeran y él detuviera su marcha por un segundo para luego hacer un gesto de irritación y continuar sin mediar palabra conmigo. Era un hombre de edad madura, de un metro ochenta o más de alto. No le conocía, pero lo había visto suficientes de veces sobre la calle para saber que vivía en el edificio de junto. La rapidez de su reacción no me permitió disculparme o reclamarle. «Menudo imbécil». —Pensé. —¿Así me veré yo cuando hago lo mismo de chocar o empujar gente sólo por traer prisa? —Me pregunté a mí mismo. Al agacharme para recoger mis llaves sentí un nuevo golpe salvo que esta vez por dentro del pecho. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, la cabeza me dio vueltas y la visión se nubló. —Quizá fue un golpe más duro de lo pensado. —Dije al aire en voz alta y tras cerrar los ojos por un instante todo pareció volver a la normalidad salvo el frío. Para ser mediados de mayo una ventisca helada recorrió el ambiente. De pronto, todo ceso y al sujetar mi llavero encontré un listón morado doblado un poco. Pensé que posiblemente se le había caído a ese hombre. Alcé la mirada para buscarlo, pero ya no lo vi. Levanté mis llaves y el listón. Me gustó el color, lo até en mi muñeca derecha. Llevaba anudado en la misma un paliacate también morado que usaba por costumbre. Me quedé mirando el paliacate un instante hasta recordar la razón inicial de esa costumbre. Sonreí por dentro y caminé deprisa hacia mi automóvil.
Antes arrancar el auto decidí tomarte unos minutos por si la visión volvía a traicionarme. Encendí la conexión de datos a internet del celular para enviar algunos mensajes. Como con cualquier aparato de cualquier persona, decenas de notificaciones de distintas aplicaciones inundaron la pantalla. Leí brevemente de qué se trataban e ignoré la mayoría. Captó mi atención una en particular con un comentario sobre una fotografía de Instagram que subí cuando desperté. «¿tú lo dibujaste?» preguntaba @unacarpaenlarivera sobre la fotografía de un dibujo tipo retrato. —¡Maldición! —Me reprendí a mí mismo. Últimamente había subido sin pensar varias imágenes de retratos a lápiz. No era muy de mi agrado externar que de vez en cuando solía hacer dibujos, pues la mayoría de las reacciones eran solicitudes de realizar nuevos retratos específicos como si fuese alguna clase de Jack Dawson versión barata. No me consideraba a mí mismo un artista y peor aún, el hacer un retrato por petición era todo menos inspiratorio. Al contrario, las ganas de hacerlo me nacían de forma tan espontanea que a veces terminaba dibujando objetos que tuviese enfrente como sillas o mesas. Además, no sabía generar ideas para los bosquejos, únicamente podía replicar algo ya existente como fotografías o paisajes que veía. Si se trataba de iniciar desde cero algún dibujo de mi imaginación simplemente no podía. Dudé en responder el comentario o en hacerlo con respuesta negativa sin embargo al final opté por enviarle un mensaje privado diciendo la verdad y que no me gustaba expresarlo por los motivos de recibir muchas solicitudes de hacer otros dibujos. No le tomé mucha importancia de momento. Di marcha al automóvil y avancé poniendo la mente en blanco.
Unos minutos después llegué al centro de mi ciudad/municipio. Era oriundo de un pequeño pueblo ubicado en un municipio llamado Texcoco, en el Estado de México. Se hallaba a unos pocos kilómetros de la capital del país, la Ciudad de México. Al igual que muchos otros municipios del Estado, Texcoco pertenecía a la zona metropolitana y podría considerarse una ciudad, no obstante, pese a contar con grandes edificios y enormes plazas comerciales, conservaba un toque pueblerino. En el centro de su extensión territorial se encontraba una gran urbe estilo colonial y a su alrededor muchas localidades rurales donde el ritmo de vida era mucho más tranquilo. Actualmente yo residía en la periferia de esa urbe pues para mí era el lugar perfecto para vivir. Tenía una combinación inusual de ciudad-pueblo con lo mejor y peor de ambos mundos. Sobre mi calle reposaban construcciones altas (cinco o seis pisos, altas para un pueblo, aunque eclipsadas por cualquier rascacielos de las monstruosas ciudades), pero en la esquina también relucían terrenos con cultivos de maíz y calabaza o pequeñas parcelas donde el ganado pastaba. Desde mi terraza, al girar la vista podías encontrar oxxo's por montones, numerosos bancos y centros comerciales. También se veían casas de adobe, alguna pequeña granja o parte de las vías del viejo ferrocarril que todos los lunes y jueves atravesaba sin falta el municipio de extremo a extremo para entregar alimentos ganaderos. Dependiendo la dirección, a veinte kilómetros llegabas al aeropuerto internacional, a ruinas prehispánicas, a parques coloniales con medianos ríos o a entronques de importantes autopistas. Te tomaba quince minutos conduciendo rumbo al este para llegar a localidades del municipio con manantiales naturales o centros ceremoniales coloniales; rumbo al sur para toparte de frente con el centro cultural más grande del Estado, el cual contaba con grandes auditorios, museos o salas de conciertos; en dirección al oeste para cruzar la universidad agrícola más importante del país; con mira al norte para pasar por termoeléctricas y otras fábricas. Era un lugar tan hibrido en el cual podías ser tú mismo sin ningún problema.
Aunque no había mucho movimiento en las calles por el día, la hora y el clima tuve dificultades para encontrar un lugar donde estacionar. El bar tenía dos plantas, no pregunté en cual se encontraban. Ni siquiera sabía qué haría. Llegar, saludar y decir vámonos no parecía buena idea. Por suerte se me daba muy bien improvisar.
Al entrar me dirigí de inmediato a la barra y ordené un shot de tequila. Era un lugar con poca iluminación y que olía bastante a humedad. En la planta baja había al menos ocho mesas de billar, algunas de carambola y otras tantas para jugar cartas. En las orillas, empotrados en la pared, sus respectivos estantes para colocar los tacos y bolas del juego. En las esquinas un par de pantallas enormes que reproducían vídeos al azar sin sonido de bandas del género grupero. La música era brindada por una rockola moderna con muchas luces debajo de una de las pantallas. Sobre la barra yacían algunos anuncios grandes sobre que no era permitido fumar adentro, meramente decorativos. Había una terraza y dos balcones como zona para fumadores, pero de igual manera todos fumaban en donde estuviesen. Al fondo se encontraban unas escaleras que conducían a la planta alta donde sólo había mesas, sillas y algunos sofás en una especie de «zona vip».
«Go, Diego, go». Escuché un grito a mis espaldas proveniente de una voz muy familiar. Arqueé levemente la sonrisa al saber de quién se trataba. Ese llamado haciendo referencia a la caricatura del primo de Dora la exploradora era una broma con la que muy pocas personas me saludaban. Al darme vuelta contemplé la figura de una chica joven e impactante de brazos cruzados que me miraba ansiosa con una sonrisa de oreja a oreja. Sus ojos claros brillaban reflejando la poca luz de lugar. Era delgada, de tez blanca, de aproximadamente metro sesenta y cinco de altura, con cabello castaño claro hasta los codos. Llevaba una blusa blanca sencilla de tirantes que dejaba al descubierto su vientre plano, encima una remera negra tipo cazadora, unos jeans azules con algunos agujeros y tenis de color vino. Era el tipo de chica que cautiva miradas en cualquier lugar. Se trataba de Abigail. Había pasado poco más de un año sin verle y lucía tan radiante como siempre. Por instinto di un trago a fondo a mi bebida y avancé. Nos miramos sin decir nada por un par de segundos hasta que ágilmente rompió su postura y se me lanzó con los brazos extendidos. Inconscientemente coloqué el antebrazo derecho entre mi pecho y su torso manteniendo la distancia y evitando consumara su abrazo. Me miró confundida por un segundo, soltó un suspiró y lentamente formó una sonrisa en sus labios.
—¿Sigues siendo el «señor no me gustan los abrazos»? —Dijo suavemente al instante en que nuestros ojos volvieron a encontrarse. Lentamente elevó su mano para apartar mi brazo que continuaba separándonos. No opuse resistencia. Al llegar a extenderlo por completo, cruzó los dedos de su mano izquierda entre los míos por un momento para después colocarla en mi mejilla obligando a que nuestras miradas se conectarán nuevamente. —¿Sabes que me encantan tus ojos de niña? —Añadió en el tono más sensual que le hubiera escuchado alguna vez, con un sutil combinado aliento entre cereza y cerveza. Ella acostumbraba adular mis ojos y maldecir pidiéndome se los intercambiara. Por mucho los suyos eran muchos más bellos, de un verde claro que robaba piropos sin esfuerzo. Lo que ella envidiaba de los míos quizá fuese que eran muy expresivos, grandes y profundos, además de tener las pestañas sumamente largas y rizadas, como las de una niña afortunada. Finalmente, junto su pecho con el mío y rodeo mi cuello con ambos brazos en un tórrido abrazo. —Y también tu cabello chino. —Continuó mientras sumergía sus dedos en mi cabello desordenado. Yo no acostumbraba peinarme de ni utilizar ninguna clase de fijador por lo que comúnmente denotaba una apariencia despreocupada y algo holgazán, sin embargo, tampoco hacía falta. Sin estar ni muy largo ni por muy corto, mi cabello tenía un peinado natural. Después de sentir el jugueteo de sus manos un momento más decidí dar por terminado lo que seguramente para cualquier espectador parecería alguna escena cliché de una pareja melosa. —¿Terminaste? —Pregunté para romper el trance del que Abigail no se veía muy apurada por salir. Levanté los brazos para sujetarle de los hombros y apartarla gentilmente de mí a la par que sonreía tranquilamente a modo de decir «hola».
—Es bueno verte. ¿Qué haces aquí? —Preguntó nerviosa. Era evidente que se encontraba algo tomada y con mucha euforia.
—Quede de ver a una chica aquí. —Respondí de forma indiferente a sabiendas le molestaría saber que no estaba allí por ella cuando en realidad así era. Como inevitable consecuencia, entrecerró los ojos y me miró con desdén. Sin duda le fastidiaba que ni siquiera devolviese el cumplido de que era grato verle. —¿Y a ti qué te trae por aquí, tan lejos de tu cerro? —Bromeé como tantas otras veces lo hacía al burlarme que viviese en lo más apartado de una unidad habitacional, casi llegando a los pies del monte. Yo era la persona con el sentido del humor más extraño de todo el mundo. Amaba los chistes de toc toc y el humor blanco, aunque muchas veces mi inocencia era objeto de la burla. Mientras que me constaba mucho esfuerzo detectar la ironía o el sarcasmo (muchas veces quedaba como un tonto sin entender), cuando tenía confianza con alguien podía bromear sin parar. Ella estaba por responder con lo que seguramente sería una continuación a la broma cuando escuchamos una voz al lado con un «¿interrumpo algo?»
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